
A veces me muevo pero mi mente permanece inmóvil, prisionera en un tiempo que no tiene nombre y cuyos segundos trato de olvidar una y otra vez. Suelo detenerme entonces, tratando de imponerle al cuerpo la misma absurda y estanca quietud en la que están inmersos mis recuerdos, pero es imposible. Violentamente se resiste a la inmovilidad como una vez se resistió bajo las manos asfixiantes de quien sería el mejor verdugo de todas mis seguridades.
Me increpo entonces ante mis ojos cerrados, preguntándome porque busco imponerme la misma pena que padecí una vez; la misma angustia de la que sabemos no puede escaparse. No obtengo respuestas para mi interrogatorio.
Mis silencios me abofetean una y otra vez, y aunque he aprendido a llorar, a veces pienso que no habrá mar que pueda limpiar tanta sangre, tanta puericia hecha trizas entre las sábanas, tanta agua que olvidó su sal enroscadas entre los recovecos de un recuerdo que se aferra al presente con la fuerza impúdica de aquello que debe ser callado y aun así grita entre mis poros.
Amanezco, siempre antes de que salga el sol. Amanezco, como si en el ritual absurdo de abrir los ojos antes de que su presencia irrumpa entre las sombras pudiera expulsarlo de mí.
Amanezco, es solo un día más, entre mis silencios me entrego al lento transcurrir del reloj, espero que el sol se decida a asomarse, recién entonces abriré las ventanas y estaré segura frente al mar de mis amaneceres eternos.
{ Foto: Cortesía de Helmut Newton }
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