Anoche me miré por dentro, a través del lente de una cámara que no me pertenecía. Miré, despojada de todo sentimiento, como succionaban mis ligamentos rotos y pensé entonces en el momento en que comencé a perder el sostén de mis piernas. Aspiraban poco a poco las partículas que flotaban en mí. Era yo misma, estaban aspirándome a mí, pero toda esa carne suelta ya no me pertenecía, ya ni sangraba. No puedo ofrecer pruebas al respecto, pero estoy segura que no tenía vida. Y de no estar atrapada dentro de mí, toda esa carne suelta tendría olor a rancio y a despojo. Pensé entonces, que tal vez eso sucede con las viejas heridas que no anclan en ningún recoveco del cuerpo y se supone que están inscriptas en esa masa informe e incolora que llamamos alma. Flotan… ya sin sangrar, sin latir. Flotan. No nos constituyen pero les permitimos seguir habitándonos; tal vez porque en alguna medida han fundando lo que somos, o tal vez porque ignoramos que en realidad son responsables de lo que no somos. De aquello que callamos y matamos cada día bajo la ducha, de aquello que fue impuesto en el lienzo de nuestra piel por las manos impías de otros pintores que ya no habitan este mundo pero de los que no podemos despojarnos a gusto. Por las manos hipócritas de quienes habitaron ese tiempo que para otros se llamó infancia.
Entonces me pregunto si al mirar la cara de todos los verdugos que me habitan podré extirparlos, y así, despojada de todo, despojarme de ellos… vuelvo a aterrarme de contemplar completas aquellas miradas de las que conozco solo una fracción de mueca y me destroza. Aquellas que decapité ayer y que caminan ahora sin cabeza por los recodos de mi mente. Comprendo que no hay camino que me saque de aquí y entonces siento de nuevo el agujero negro en mi estómago. Continuo devorándome sin sentido; para no repartir las culpas que no me pertenecen, me callo. Para no causar dolor a los que prefirieron ignorar aquellos tiempos, silencio el mío y trato de dormirme en pleno día.
Me levanto, voy a prepararme un café, he de pensarlo mejor…
{Aquello que escribí ayer, ya no sirve para hablar de mí hoy...}
jueves, 13 de agosto de 2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
Tósigo Banquete

Paso la mayor parte del día con un agujero negro en el estómago, como si poco a poco fuera devorándome desde adentro mis propias entrañas y generando esa sensación de vacío inagotable; que solo provoca nauseas cuando ya no hay nada que vomitar.
Regurgito grafemas de color azul, fonemas sepias agotados de tanto increpar olvidando que fueron condenados a nacer sin cuerdas vocales. Vomito una y otra vez mis silencios bajo el agua clara de la pecera que vive en la cocina y después ahogo las mismas palabras bajo la ducha cada mañana. Es que no tengo nada para decir, todo lo que puede ser dicho debe ser callado primero.
No tiene sentido nombrar lo que no tiene nombre, no tiene sentido desnudarse ante los ojos ciegos de la ignorancia que recubre otras pieles.
Y así, navego entre un mundo de sinsentidos teñidos de comprensiones absurdas y parásitas confesiones que no me pertenecen. Siempre hay que escuchar primero y yo termino escuchándolos a todos. Siempre hay que escuchar primero y yo ya me he escuchado lo suficiente. Si bien debo confesar que algunas veces me tienta sumergirme en los laberintos de mi inconsciencia, bucear y desmenuzar una a una las caras de ese pasado que aun olvidado me persigue, las configuraciones de este presente que habito. Me tienta, no puedo negarlo, enfrentarme a todos mis miedos en ese paraíso sin tiempo ni leyes, donde solo existe la palabra impresa de una imagen superpuesta en mil partículas de ausencias extremas.
Aun no me decido, a veces coqueteo con los elixires que son dueños de las llaves de todas las puertas, los miro a los ojos, tanteo las formas que tienen los candados que albergan todos mis secretos, desmenuzo las preguntas que quisiera formularme, llevo el vaso de veneno hasta la punta de mis labios y retrocedo. Me aterra enfrentarme a todo aquello cuya mínima fracción conozco y me destroza, me aterra aunque a veces siento que es la única forma de comenzar a tapar el agujero negro que me está comiendo.
Regurgito grafemas de color azul, fonemas sepias agotados de tanto increpar olvidando que fueron condenados a nacer sin cuerdas vocales. Vomito una y otra vez mis silencios bajo el agua clara de la pecera que vive en la cocina y después ahogo las mismas palabras bajo la ducha cada mañana. Es que no tengo nada para decir, todo lo que puede ser dicho debe ser callado primero.
No tiene sentido nombrar lo que no tiene nombre, no tiene sentido desnudarse ante los ojos ciegos de la ignorancia que recubre otras pieles.
Y así, navego entre un mundo de sinsentidos teñidos de comprensiones absurdas y parásitas confesiones que no me pertenecen. Siempre hay que escuchar primero y yo termino escuchándolos a todos. Siempre hay que escuchar primero y yo ya me he escuchado lo suficiente. Si bien debo confesar que algunas veces me tienta sumergirme en los laberintos de mi inconsciencia, bucear y desmenuzar una a una las caras de ese pasado que aun olvidado me persigue, las configuraciones de este presente que habito. Me tienta, no puedo negarlo, enfrentarme a todos mis miedos en ese paraíso sin tiempo ni leyes, donde solo existe la palabra impresa de una imagen superpuesta en mil partículas de ausencias extremas.
Aun no me decido, a veces coqueteo con los elixires que son dueños de las llaves de todas las puertas, los miro a los ojos, tanteo las formas que tienen los candados que albergan todos mis secretos, desmenuzo las preguntas que quisiera formularme, llevo el vaso de veneno hasta la punta de mis labios y retrocedo. Me aterra enfrentarme a todo aquello cuya mínima fracción conozco y me destroza, me aterra aunque a veces siento que es la única forma de comenzar a tapar el agujero negro que me está comiendo.
Entonces me decido,
preparo un banquete digno de tal salto a mis abismos.
Le acaricio el cuello a todas mis Dudas,
acomodo sus cabellos y las dejo reposar en mi regazo.
La cena está servida...
ellas sonríen, no saben que están a punto de ser decapitadas.
Voy a comerme una a una mis verdades,
aunque me quede sin piel.
{ Foto: Cortesía de Helmut Newton }
domingo, 9 de agosto de 2009
Amanecer.me

A veces me muevo pero mi mente permanece inmóvil, prisionera en un tiempo que no tiene nombre y cuyos segundos trato de olvidar una y otra vez. Suelo detenerme entonces, tratando de imponerle al cuerpo la misma absurda y estanca quietud en la que están inmersos mis recuerdos, pero es imposible. Violentamente se resiste a la inmovilidad como una vez se resistió bajo las manos asfixiantes de quien sería el mejor verdugo de todas mis seguridades.
Me increpo entonces ante mis ojos cerrados, preguntándome porque busco imponerme la misma pena que padecí una vez; la misma angustia de la que sabemos no puede escaparse. No obtengo respuestas para mi interrogatorio.
Mis silencios me abofetean una y otra vez, y aunque he aprendido a llorar, a veces pienso que no habrá mar que pueda limpiar tanta sangre, tanta puericia hecha trizas entre las sábanas, tanta agua que olvidó su sal enroscadas entre los recovecos de un recuerdo que se aferra al presente con la fuerza impúdica de aquello que debe ser callado y aun así grita entre mis poros.
Amanezco, siempre antes de que salga el sol. Amanezco, como si en el ritual absurdo de abrir los ojos antes de que su presencia irrumpa entre las sombras pudiera expulsarlo de mí.
Amanezco, es solo un día más, entre mis silencios me entrego al lento transcurrir del reloj, espero que el sol se decida a asomarse, recién entonces abriré las ventanas y estaré segura frente al mar de mis amaneceres eternos.
{ Foto: Cortesía de Helmut Newton }
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