no se la razón, pero hoy siento
que no quiero seguir aquí.
tal vez me empujé a un trampolín desde el cual aun no estoy dispuesta a saltar
no lo sé...
sábado, 27 de junio de 2009
jueves, 25 de junio de 2009

"Amanezco con un sueño extraño atrapado en la garganta, debo decidir si he de soñarlo o si definitivamente abriré los ojos para que la realidad borre todo vestigio de él. Me nublo en esta somnolencia inducida por mis propios miedos, me miro en mis párpados cerrados.
Ya lo he decidido. Voy a clavarme las uñas hasta desangrar uno a uno mis deseos, pero antes, antes, voy a dejarlos reír."
^ Fragmento de Otro Diario ^
martes, 23 de junio de 2009
Iniciación
Amanezco entre un puñado incesante de recuerdos que me rodean. Me besan los talones; cuando bajo de la cama al despertarme; como si no supieran que fueron los últimos en posar sus labios sobre mi frente segundos antes de dormir.Me pregunto qué quiero olvidar cuando camino apurada, cuando una actividad me lleva a la siguiente en un frenesí sin pausa de responsabilidades, deseos y tiempos finitos que se extinguen.
No tengo respuestas que entren en las cuentas de mis manos. Sonrío distraída frente al espejo, le hago una mueca al cepillo de dientes y me lavo la cara en la misma pausa, refrescando las preguntas de antaño. Pijama a rayas. Ovejitas blancas y negras sobre rojo. Azul estrellado con puños de algodón. Camiseta de abuelo. Medias con goma. No importa el atuendo con el que divague por la casa en los primeros momentos de cada día. Siempre, siempre, voy desnuda. El alma atrincherada detrás de una pestaña, las palabras que se desperezan poco a poco.
Hoy me digo que quiero volver a leer. Recuerdo entonces el libro azul perdido en algún rincón. Ese que fue de viaje conmigo, muchas veces. “La mañana en que emprendí este libro comencé a toser. Algo me salía de la garganta, algo que me asfixiaba. Rompí la membrana y lo arranqué. Volví a acostarme y dije: acabo de expulsar mi corazón.” empezaba diciendo Anaïs. Hoy, la entiendo más que nunca. Será martes hasta que me harte, pero tengo una mujer que amo durmiendo en mi sillón y un puñado de tareas que más allá de la capa absurda que las viste de obligaciones me llenan de placer.
En la mano izquierda conservo el látigo, la culpa, el olvido, la desidia, el secreto, la ausencia, el clamor y la furia.
me.beso
es acabo de empezar a expulsar mi corazón…
{ Foto: Cortesía de Helmut Newton }
.
Ayer no escribí.
No había tiempo para las dos.
A veces, es así, solo gana una.
La que hace, la que mira, la que calla.
a veces...
No había tiempo para las dos.
A veces, es así, solo gana una.
La que hace, la que mira, la que calla.
a veces...
domingo, 21 de junio de 2009
El Ritual
El ritual de desnudarme cada mañana sobre una hoja en blanco para bañarme de mí me reclamaba a gritos desde la circunvolución donde habitan mis necesidades más básicas. Decidí entonces, que era tiempo de escuchar.me y enfrentarme a la premura del silencio.
Amanezco. Me siento frente al espejo. Y compruebo que mis falanges no han olvidado el camino. Uno a uno desabrocho los botones de la comisura de mis labios, me acaricio el cuello, sostengo firmemente mi clavícula izquierda. Déspotas, las cosas que no quiero decirme, ni decirle a nadie, se arrinconan. Se esconden pero empujan despiadadas por salir -buscando el camino entre mis poros- obstinadas por desangrarme. Así de contradictorias son las palabras que trepan por mi lóbulo temporal y murmuran en mi oído. Susurran a los hallazgos de Wernicke todo aquello que no quieren que escuche pero que estoy destinada a saber.
Me río. De ellas. De mí. De todas.
Vomito. Yo y todas las que me habitan. Se besan. Se hablan. Copulan.
Soy un manojo de verdades destinadas a callarse.
Un manojo de voces que se fragmentan. La que fui. La que soy. La niña. La mujer. La que calla. La que grita. La que sufre. La que ríe. La que mira. La que toma. La que no pide. La que exige. La otra. Aquella. La misma boca y mil razones nuevas.
Soy un puñado de verdades que gritan y se aferran al tímpano ciego de mi cordura. Toneladas de rincones oscuros, noches de asfixia, espasmos que no me pertenecen. Vuelvo a reír. Mirarme me provoca una euforia vertiginosa, sensación que lucha para aniquilar el dolor de las presencias que no me pertenecen.
Y los deseos que son míos, innegablemente míos. Tan propios como los genes que delimitan el contorno de mi dedo meñique. De ellos no me quejo, no reniego. Los alimento cada tarde con la carne de mi espalda.
Y después los susurro en otros oídos. Unos que no me pertenecen. Unos que están más allá de todas mis falanges. Los suyos, los pequeños.
Soy este sinsentido de felicidad desbordante y dolor que aniquila. Esta suma de partes que no es más que mil mujeres y tan solo dos bocas. La que habla. La que calla.
Salto. Sumerjo.me de nuevo en mis abismos.
En todos, en cada uno.
Estoy decidida a secarlos y volverlos grafema.
Me.amanezco.
Amanezco. Me siento frente al espejo. Y compruebo que mis falanges no han olvidado el camino. Uno a uno desabrocho los botones de la comisura de mis labios, me acaricio el cuello, sostengo firmemente mi clavícula izquierda. Déspotas, las cosas que no quiero decirme, ni decirle a nadie, se arrinconan. Se esconden pero empujan despiadadas por salir -buscando el camino entre mis poros- obstinadas por desangrarme. Así de contradictorias son las palabras que trepan por mi lóbulo temporal y murmuran en mi oído. Susurran a los hallazgos de Wernicke todo aquello que no quieren que escuche pero que estoy destinada a saber.
Me río. De ellas. De mí. De todas.
Vomito. Yo y todas las que me habitan. Se besan. Se hablan. Copulan.
Soy un manojo de verdades destinadas a callarse.
Un manojo de voces que se fragmentan. La que fui. La que soy. La niña. La mujer. La que calla. La que grita. La que sufre. La que ríe. La que mira. La que toma. La que no pide. La que exige. La otra. Aquella. La misma boca y mil razones nuevas.
Soy un puñado de verdades que gritan y se aferran al tímpano ciego de mi cordura. Toneladas de rincones oscuros, noches de asfixia, espasmos que no me pertenecen. Vuelvo a reír. Mirarme me provoca una euforia vertiginosa, sensación que lucha para aniquilar el dolor de las presencias que no me pertenecen.
Y los deseos que son míos, innegablemente míos. Tan propios como los genes que delimitan el contorno de mi dedo meñique. De ellos no me quejo, no reniego. Los alimento cada tarde con la carne de mi espalda.
Y después los susurro en otros oídos. Unos que no me pertenecen. Unos que están más allá de todas mis falanges. Los suyos, los pequeños.
Soy este sinsentido de felicidad desbordante y dolor que aniquila. Esta suma de partes que no es más que mil mujeres y tan solo dos bocas. La que habla. La que calla.
Salto. Sumerjo.me de nuevo en mis abismos.
En todos, en cada uno.
Estoy decidida a secarlos y volverlos grafema.
Me.amanezco.
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